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La efigie de Nuestro Padre
Jesús a su entrada en Jerusalén fue realizada por el imaginero cordobés
Juan Martínez Cerrillo en 1943 y bendecida en la Parroquia del Sagrario
el 11 de abril del mismo año. Iconográficamente representa el momento de
la entrada triunfal del Señor en Jerusalén a lomos de un pollino narrado
en los Evangelios canónicos (Mt 21, 1-11; Mc 11, 1-10; Lc 19, 29-40; Jn
12, 12-19). Es una imagen de cuerpo entero que representa a Jesús quien,
sentado a horcajadas sobre el lomo de un borrico, bendice al pueblo con
la mano derecha y sostiene con la izquierda las bridas del asno.
Concebido como un varón de belleza idealizada y estilizado porte, su
sereno rostro combina la alegría del momento representado con la
amargura interior premonitoria del inmediato trance de su Pasión, a
través de una blandura de modelado notable, destacando la profundidad de
su mirada y el tratamiento abocetado de su cabellera. En un principio se
concibió con ropajes tallados y estofados sentado a lo amazona sobre el
asno, pero en la década de 1950 se alteró tal composición adaptándose
para vestir túnica y manteo y cabalgar a horcajadas. En 1985 Suso de
Marcos sustituye el primitivo juego de manos por uno similar y, en 1990,
José Antonio Navarro Arteaga reemplaza el cuerpo por otro anatomizado,
que vuelve a restaurar en 2002, uniendo todas sus partes y encarnándolo
de nuevo. Durante su anual estación de penitencia se viste con túnica
burdeos y manteo verde.
Completa el paso de misterio
una samaritana que, arrodillada ante Jesús, extiende su manto en el
suelo al tiempo que sostiene a su hijo de corta edad; una pareja de
niños que siguen la escena y San Juan Evangelista, el cual, con paso
decidido, llevando en su mano izquierda una palma, gira su rostro hacia
el pueblo en ademán de invitarle a seguir al Señor. Todas estas imágenes
fueron realizadas en 1990 por el citado imaginero sevillano José Antonio
Navarro Arteaga.
La que encarna a la Madre de
Jesús, Maria Santísima del Amparo, es obra del imaginero cordobés
Antonio Castillo Ariza, de 1947, fue bendecida el 12 de febrero del
mismo año. En una imagen de candelero que, en su iconografía, representa
a la Virgen en una actitud sonriente y alegre, complacida ante el
recibimiento que el pueblo hebreo tributa al Salvador. En 1979 fue
reencarnada por el escultor sevillano Juan Abascal Fuentes y, al año
siguiente, el artista local Antonio Leiva volvió a hacer lo propio. En
1987 el sevillano Antonio J. Dubé de Luque remodelo el icono, eliminando
aditamentos excesivos, perfilando las facciones y encarnando nuevamente
la mascarilla a partir de delicadas entonaciones rosáceas, dotando a la
efigie de una mayor naturalidad. En 2002 fue sometida a un proceso de
desinfección por parte del imaginero José A. Navarro Arteaga, quien
sustituyo busto y devanadera por otros de nueva ejecución. Esta imagen
mariana se procesiona tradicionalmente bajo palio de malla, ataviada con
saya blanca y manto verde, coronando su sienes una corona imperial.
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